03/18/12 - 10:33

Siria está en mi memoria. (Dedicado a todos los sirios que están padeciendo el abuso y el terror)

Ví amanecer entre las ruinas de Palmira. 2003
Al atardecer contemplé como un jinete cabalgaba dando vueltas sin parar con un palmeral al fondo. La luz era rosada. 2003
Cuando llegué al desierto esperaba encontrarme una edificación de adobe debajo de unas palmeras con un camello en la puerta. 2003
Y cuando casi tocaba el cielo pude divisar la maravillosa ciudad que se encontraba a mis pies, Aleppo. 2003
Me imaginé a una Zenobia exótica, adorada y muy admirada. 2003

En el año 2000 fui invitado por el Instituto Cervantes a representar a España en unos encuentros de fotografía en Alepo (Siria). Para mi fue el encuentro iniciático con el Medio Oriente. Regresé fascinado y sin ninguna foto (entonces no llevaba cámara a los viajes).

Tres años después recibí una llamada del Ministerio de Cultura en la que se me pidió imágenes mías realizadas en Siria para que formaran parte de una exposición que iba a itinerar por diversas sedes de los Institutos Cervantes. Participamos Fernando Herraez, Pablo Pérez Minguez y yo.

Como no tenía fotos, intenté reproducir en mi estudio la memoria emocional de aquél maravilloso e inolvidable viaje.

Mi amigo, el escritor Ramón Mayrata, gran conocedor de la zona, me escribió un texto

 

Fotografiar la emoción (fragmento)
Ramón Mayrata

El arqueólogo Javier Ruiz me anunció: Visitarás diez ciudades sorprendentes. Nos encontrábamos en el Monte Casio desde donde se domina la ciudad de Damasco. Estás contemplando la primera de ellas, añadió. En tiempos diferentes los ojos de Ciuco Gutiérrez y los míos compartieron aquella primera visión: Anochece y no es la oscuridad sino la luz quien se tiende sobre las colinas: una inquieta diadema de destellos, cuya belleza oculta más que muestra. La ciudad se extravía como en un bosque en el insólito fulgor verde de sus muchos alminares. Como si fuera por primera vez vuelvo a contemplar esa unión improbable del cielo con la tierra en la foto inicial del viaje de Ciuco. Como si fuera por primera vez quizás porque entonces, porque jamás, la fotografió.
Las fotografías de Ciuco Gutiérrez no son disparos sobre la realidad, sino preguntas acerca de la realidad. ¿Qué es lo que oculta la belleza, el resplandor, la luz cegadora de la noche de Damasco que acecha como un inmenso telón amarillo, verde, azul y negro en la fotografía? El murmullo de lo que queda de Oriente:: la algarabía voluptuosa de los vendedores que exponían sus mercancías entre las ruinas del propileo del templo de Júpiter; el bullicio de las multitudes que atravesaban la explanada de la mezquita de los Omeyas: la indiferencia de los cuerpos erosionados que como en la sala de espera de un médico aguardaban el socorro de la cocina del restaurante de Abu Azid, donde esa noche, cuando el alcohol circulaba en abundancia, en medio de un público apasionado y, también, entre políticos impasibles y guardaespaldas. flemáticos, bailaron los giróvagos, los mawla wiyya o derviches danzantes, que decían poseer el secreto del universo
En la inverosímil intensidad de la vida del zoco Hamidiyé de Damasco o en el sopor medieval del zoco de Alepo al que se refiere otra de sus fotografías, al traspasar la cortina de luz y penetrar por una de las puertas de la muralla de la ciudad, el presente se topa y reúne con el pasado de manera orgánica, a través de la convivencia abigarrada de cosas, materiales, escalas, perspectivas distintas, ajenas al orden de prelación que impuso Occidente desde el renacimiento. El zoco de Alepo en la noche y sus calles estrechas conducen a otro tiempo: el de las pisadas del hombre que pasa y tarda horas en recorrer unas decenas de metros, el de las nubes que cruzan sin pisadas la superficie de la alberca, el de la suavidad de la madera que absorbe los terremotos, el del ritmo de la tela que asoma en el telar como un chisporroteo, el de la pared negra junto al alminar blanco, el del pájaro de alas rojas que revolotea en la higuera verde, el de la telaraña coloreada por el cristal rojo de la ventana del antiguo almacén de tabacos.
Todo ello está allí, aunque nunca fue fotografiado, sino conjurado en el encuentro no sólo fortuito, pero también fortuito, entre un burro de juguete y un edificio de jabón Encuentro que como la piedra al mojarse aviva su color. Uno de los rasgos que singulariza a Ciuco Gutiérrez como fotógrafo es que sabe que aquello que contempla comparecerá en sus fotografías por cauces misteriosos, indirectos, en ocasiones inesperados. A través de los pequeños objetos que limitan la trascendencia del significado y lo gradúan y a través de las emociones. Por ello puede desplazarse atento a los lugares que recorre, a los instantes que suceden, despreocupado de la cámara. "No suelo hacer fotos en los viajes. Cuando las hago no dejan de ser meros recuerdos, sin ninguna intención añadida que les pueda dar un carácter más trascendente que eso, el mero recuerdo personal. - me escribía en la nota que acompañaba al envío de sus fotografías, que yo leí en una casa totalmente embalada, a punto de iniciar un traslado a otro lugar, en la que el cartón, el papel de burbujas y las gruesas mantas confinaban los objetos y velaban las imágenes que me habían acompañado a lo largo de los últimos cinco años, - Sin embargo, me gusta viajar y vivir el viaje, sobre todo el viaje de las pequeñas cosas, de los momentos, de las emociones encontradas en los nuevos lugares, los nuevos paisajes recién descubiertos.
Cuando viajamos o vivimos, gozamos y sufrimos sin más, sin que nuestros dedos precisen una pluma o una máquina de fotos para acompañar a nuestras emociones. La impresión de la emoción recién sobrevenida es demasiado viva y nos impide asimilarla y transformarla. Las fotografías de Ciuco Gutiérrez de su viaje a Siria son posteriores a su viaje, porque nacen como poemas - parafraseo a Wordsworth - de la emoción recordada en la tranquilidad. Para ello recrea las sensaciones fugitivas, el itinerario sentimental y emotivo, en un pequeño escenario que retiene el encanto de las linternas mágicas y los teatrillos de sombras y evoca irremediablemente los teatros de la memoria, en los que se asociaba cada imagen a un lugar.
Quizás no sea ocioso decir que la memoria es justamente la protagonista de esta serie de fotografías. El resultado es la crónica de un viaje, de sus momentos de intensidad y conmoción, desde una distancia que gradualmente se disuelve, como si un hierro al rojo vivo los reavivara. Al extender las fotografías en aquel espacio vacío que había sido mi casa, se desplegaron, sinuosas y brillantes como sedas de colores, sobre los bloques de cajas, los fardos y los muebles embozados. El conjunto poseía una peculiar incandescencia.. Siria, sin otro perfil que el fuego de un sentimiento, que se muestra a tientas a través de los pequeños objetos a los que ha convertido en su espejo. .